La explicación dada por Javier Aguirre respecto al por qué de una convocatoria tan singular y poco justificada para la Copa de Oro es una muestra más de la profunda crisis en que se encuentra el balompié nacional. De acuerdo a las palabras del ex técnico del Atlético de Madrid, la presencia de jugadores que no merecen estar en la Selección, entre los que podemos nombrar a Omar Bravo, José Antonio Castro e Ismael Rodríguez, obedece a que los medios de comunicación han insistido en que los jugadores mexicanos que militan en el Viejo Continente no entregan cuentas positivas a la escuadra Tricolor. Obediente, el actual timonel de nuestra representación nacional optó, según su versión de los hechos, por entregar la responsabilidad a la prensa especializada, tomando así un camino semejante al de los directivos que apoyaron el arribo de Hugo Sánchez para evitar que siguiera incomodando a quien ocupara el banquillo mexicano.
Aguirre y su Cuerpo Técnico han adolecido de lógica y criterio al momento de elegir qué jugadores visten la camiseta Tricolor. Un punto es mencionar que futbolistas de la talla de Rafael Márquez, Carlos Salcido y Ricardo Osorio se encuentran fuera de ritmo y con una actitud negativa para el futuro deportivo del equipo de más de cien millones de mexicanos y otro muy distinto es abaratar los llamados, incluyendo a un delantero que no tiene equipo y que no rinde a plenitud desde hace varios meses, además de apostar por una cantidad considerable de jugadores que ni siquiera en su mejor época pudieron entregar alegrías sobre el rectángulo verde.
La problemática del presente no tiene que ver con que se mencione que quienes afrontarán la Copa de Oro conforman una Selección “B”. El motivo de preocupación para todos, incluyendo en primera instancia al “Vasco”, a su amigo Manuel Vidrio y a Mario Carrillo, con Carlos Hurtado incluido de forma indirecta, tendría que ser la inexistencia de un equipo titular, o cuando menos de una base sólida y de la identificación de tres o cuatro figuras que carguen sobre su espalda el peso de una escuadra ávida de liderazgo y personalidad en la cancha.
Es de sobra conocido que Justino, Decio y hasta Jesús Martínez tuvieron que emplearse a fondo para convencer a Javier Aguirre de asumir las riendas de la oncena tricolor. No sólo hizo falta que al “Vasco” le hablaran bonito, sino también una muy redituable oferta económica y una serie de condiciones muy favorables para el hombre llamado a evitar el naufragio del buque azteca. No culpo a los directivos. La solución parecía tan clara que no era concebible cualquier otra alternativa; sin embargo, Aguirre parece no haberse percatado de la grave actualidad de nuestro futbol. Entre tantas súplicas, Javier acabó creyéndosela y pensando que su sola presencia iba a ser suficiente para que los triunfos comenzaran a llegar.
Presumir la sana economía de la Federación Mexicana de Futbol es la manera elegida por Compeán y De María para protegerse. El factor que no se ha tomado en cuenta es que todas esas ganancias podrían venirse abajo para el siguiente ciclo mundialista, cuando los patrocinadores podrán sentarse a negociar cantidades menores gracias a la mediocridad destilada en cada uno de los ámbitos de nuestro balompié.
El único camino para evolucionar es que Javier Aguirre haga lo suyo, se olvide de los medios y se ponga a trabajar. En cuanto a Decio y Justino, sólo pedirles que pisen el césped de una cancha, que mediten y se den cuenta que el negocio del futbol sigue teniendo algo de juego, sigue dependiendo de lo que ocurre dentro del campo y que será el rendimiento sobre el mismo lo que permita o impida que el producto goce de aspiraciones mayores en cuanto concluya Sudáfrica 2010, si no es que para nosotros termina antes de siquiera pisar suelo africano.