Futbol
Editorial Mediotiempo
Columna de Mauricio Cabrera Editorial Mediotiempo

La nobleza de nuestro futbol

Los encantos del balón llegan a ser tan peligrosos como la mujer letal que sabe manejarnos a su antojo, aunque al menos ésta lo hace por sí misma, mientras que en el caso del deporte más popular del planeta son los directivos quienes se encargan de explotar al máximo las bondades del juego que apasiona a millones y genera aversión sólo entre unos cuantos. Para que la industria en que se ha convertido el futbol presente utilidades no hace falta un esfuerzo notable, mucha inteligencia; y lo que es peor, los bolsillos de unos cuantos se enriquecen incluso sin que haya el respeto que merecen los aficionados. Como irrefutable evidencia, opera nuestro balompié y la serie de peculiaridades que lo distinguen, mismas que van desde la posibilidad de que un equipo de media tabla sea campeón hasta que se les tome el pelo a los amantes del juego mediante la celebración de una jornada sin seleccionados y con escaso futbol. Estamos acostumbrados a soportar las decisiones de la Federación Mexicana de Futbol. Los aficionados se resignan y los medios de comunicación se cansan de hablar de lo mismo, lo que propicia que la mesa quede puesta para que los hombres de pantalón largo hagan y deshagan a placer, se olviden de la calidad del producto y sepan que tienen una toma de decisiones absoluta, en la que muy poco importará el beneficio estrictamente deportivo y mucho menos la opinión de millones de seguidores que terminan lamentándose porque su equipo perdió el invicto al no poder utilizar a sus jugadores estelares. Nada de eso importa… la pelota sigue rodando. El que se hayan producido sorpresas durante la recién concluida fecha doce tiene que ver en considerable medida con la decisión de mantener la actividad en el torneo local pese a los compromisos de las diferentes representaciones nacionales. No se puede probar. El hubiera no existe, pero vaya que las posibilidades de triunfo de diversas escuadras se hubieran incrementado si hubieran podido contar con sus mejores hombres. No hace falta que sean cuatro o cinco los convocados para alterar el rendimiento de un equipo. Por citar un ejemplo, el Atlante no fue ni remotamente el mismo sin Giancarlo Maldonado y resulta absurdo que los clubes, instituciones que deciden invertir pensando en las competencias en que ven acción, no puedan contar con su mejor material humano. Lo mismo aplica para entidades como Cruz Azul y América, entre otras.Los conservadores dirán que ese tipo de argumentos no sirven como justificación, que los dieciocho involucrados lo sabían de antemano; sin embargo, la inconformidad expresada en esta columna no tiene que ver, en su último sentido, en lo que hacen o dejan sin dichos jugadores, sino en el deplorable trato que se da a cada uno de los aficionados que pagan un boleto y que tienen que conformarse con ver a cuadros parchados, sin consistencia y con los estragos de tener que realizar numerosas modificaciones de un día para otro. Y ahí, la culpa no la tiene el indio… Nos hallamos inmersos en un círculo vicioso en el que permitimos que se atente contra el deporte y contra el dinero de cada uno de los asistentes a los estadios y de los que pagan por ver partidos en exclusiva a través de la televisión de paga.

Así de noble es el futbol. Lo pueden destrozar y aún así habrá algo que nos interese. Detrás de la magia del balón, tenemos que aprender a exigir lo que nos merecemos. Al hacerlo, habremos dado un paso adelante.Opina de esta columna aquí

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